Hay cosas que nunca cambian y yo parezco ser una de esas cosas. El viernes pasado salí a tomar algo con unos "amigos". "Estas serio", me decía I. manteniendo en una mano un cubata y en la otra un cigarrillo. "No sé, porqué lo dices?" respondía. "Estas en otro lugar" me respondía ella a su vez.
Tenía razón, yo estaba en otro lugar, no sé dónde estaba exactamente, pero allí con ellos no estaba. Me preguntaba cuál era el sentido de estar allí, simulando divertirme entre luces estrobofóbicas y bebiendo alcohol. Me sentía fuera de todo aquello, yo no pertencía a aquella situación. I. me miraba, mientras D. me explicaba que ella estaba por mí, pero yo no estaba por nada, ni siquiera por ella. En mi cabeza sólo rondaban preguntas que nadie se habría imaginado que me hacía en ese preciso momento. Mi cuerpo se movía, como los muñecos que venden en los mercadillos que se mueven al son de cualquier sonido. Sentía asco, asco de mi mismo, de no ser capaz de cambiar las cosas y continuar enganchado en mis propias paranoias. Y esas paranoias volvian a mi mente. Intentaba expulsarlas de mi cabeza pero no podía, sentía arcadas, D. me preguntaba si estaba bien, que igual habia bebido demasiado, "si será eso" le dije. En realidad, practicamente no había bebido, pero sentía náuseas de mi mismo, sentía, tal como alguien me dijo alguna vez, que quería vomitar mi alma. A las 5 de la mañana, dije a D. que me quería ir, quería salir de allí y nos fuimos. Volví a casa sólo pensando en la caja de ansiolíticos que tengo en el escritorio, 100, 120, 130, 140, 150, 160, 170 km/h... me daba igual, un reventón, un animal, y todo acabaría. No ocurrió y llegué a casa. Tomé el ansiolítico y desperté a las 3 de la tarde, de nuevo enganchado a mis propias paranoias.